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Seis días, 50 años; ¿Hasta cuándo?

07/06/2017 | Jokin Bildarratz

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 Seis días, 50 años; ¿Hasta cuándo?

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“Mientras unos y otros se acusan de haber lanzado la primera piedra, Oriente Medio se desangra, los muros crecen y todos aquellos que pueden emigran… Oriente Medio se parte en pedazos cada vez más pequeños”. Este es un extracto del libro ‘Oriente Medio, Oriente Roto’, publicado estos días por Mikel Ayestaran, corresponsal en ese territorio desde 2005.

Israelíes y palestinos conmemoran estos días un 50 aniversario con dos visiones muy distintas. Hoy, 5 de junio, se cumple medio siglo del inicio de la Guerra árabe-israelí de los Seis Días. La victoria hebrea en este conflicto se tradujo en un triunfalismo desmedido en el que se fueron perdiendo las oportunidades de resolver el conflicto y dejó una herida permanente que derivó en nuevos enfrentamientos; unos enfrentamientos que a día de hoy aún continúan lastrando la vida de muchas personas, imposibilitando dar con una solución que termine con un conflicto tan prolongado.

El éxito militar significó para los israelíes el sobrepaso de los acuerdos hasta entonces obtenidos; los objetivos territoriales del sionismo se ampliaron, logrando, entre otras cosas, la anexión de Jerusalén Este, que antes se encontraba bajo el control de Jordania, y consumando la unificación de su capital eterna. Para añadir una mayor complicación al eterno conflicto, en Jerusalén se encuentran tres espacios religiosos: el Santo Sepulcro, la Explanada de las Mezquitas y el Muro de las Lamentaciones.

Pero, para los palestinos, este aniversario no es más que el recordatorio de la ocupación de sus tierras, la ‘Naksa’, como ellos la conocen, significó la huida de casi medio millón de ciudadanos que buscaron cobijo en Jordania, Siria y Egipto para convertirse en refugiados durante generaciones. Hoy es mucho mayor el número de refugiados; probablemente la mayor parte de ellos nunca puedan volver a sus hogares, porque Israel, no sólo hizo suya toda Jerusalén, sino que también se anexionó la península del Sinaí, Cisjordania y los Altos del Golán, además de la franja de Gaza.

Es difícil tener un relato único y no impregnar de una perspectiva personal cualquier análisis del trágico conflicto entre israelíes y palestinos. Coincidiendo con el inicio del Ramadán, finalizaba una huelga de hambre que se prolongó durante 40 días y en la que habían participado cerca de 1.600 presos palestinos. La protesta, encabezada por Barghuti, el líder más popular de Al Fatah y rival de Abu Mazen, y con la que pretendían denunciar internacionalmente la falta de garantías y de respeto de los estándares internacionales en materia de detenciones, alertó a responsables de Naciones Unidas así como de la Unión Europea, que hicieron un preocupado llamamiento a Israel e instaron al respeto de los principios de derecho internacional. Nuevamente el derecho a una existencia de soberanía, pero sobre todo, una vida de dignidad, se confrontaba a lo que desde el otro lado se ve como las consecuencias ineludibles de las supuestas amenazas a sus consabidas condiciones de seguridad. Por fin se consiguió que el gobierno israelí se aviniera a negociar, logrando superar la amenaza de abrir un nuevo conflicto que tuviese una serie de consecuencias impredecibles.

Y en un contexto de continua tensión, ¿es posible la reactivación de las conversaciones de paz? ¿Es posible abrir nuevamente el diálogo entre las comunidades árabe-israelíes? Algunas señales indican que existe todavía una puerta abierta para la esperanza; una posibilidad de resucitar las negociaciones es el aparente propósito de Donald Trump por reactivar el acuerdo, al igual que lo es la manifestación del interés del Papa por aportar su intermediación y promover los esfuerzos de paz en la visita que realizará en los próximos meses. Tenue esperanza, porque no creo que ninguna intervención pueda funcionar si no hay, por una parte, un verdadero convencimiento de los dos pueblos de que hay que dejar el miedo a un lado para afrontar una nueva página de la historia, y por otra parte, un verdadero empuje internacional para convencer a Israel de la necesidad de lograr una paz definitiva con el pueblo palestino.

"Dos Estados, una esperanza: en contra de 50 años de ocupación", era el lema de la última manifestación que llenaba las calles de Tel Aviv, reuniendo a miles de israelíes. Una concentración de gente que quería mostrar su oposición a la ocupación y un apoyo a la solución de los dos estados para dos pueblos.

Parece que Trump, felizmente, no va a cumplir con la promesa que hizo en campaña electoral de trasladar la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén. Dentro de su incomprensible y general proceder político, parece que todavía le queda un halo de prudencia, entendiendo que el equilibrio en Oriente Medio pende de un hilo muy fino, y que el cuestionamiento de cualquier elemento puede quebrar ese equilibrio, con unas consecuencias muy graves para todos los ciudadanos del área.

Son muchos los elementos a considerar en una posible solución: la verdadera voluntad, primeramente, tanto por parte de Israel como de Palestina, de dar con una salida real y sincera a este prolongado conflicto; pero el equilibrio entre la Realpolitik y la defensa de los Derechos Humanos es una cuestión, una incógnita, de una complicada ecuación que la política internacional va a tener que resolver.

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