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Muerte en el mar

24/05/2017 | Jokin Bildarratz

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Muerte en el mar

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Hoy los medios de comunicación nos informan sobre una nueva tragedia que ocurrió ayer frente a la costa libia; al menos 34 migrantes entre los que se encontraba una decena de niños, murieron ahogados, en ese intento de huida de un infiermo en el que vivien a diario.

Soy un niño, no una amenaza. Así titula Naciones Unidas el informe que presentó el pasado miércoles en el que alertaba del cada vez mayor número de menores que emprenden solos el dramático viaje hacia la esperanza de una vida mejor en Occidente, 300.000 entre 2015 y 2016. Esta es sólo la cifra oficial, lo que nos hace imaginar el sobrecogedor número real de niños,  cuántos de ellos ahora en manos de mafias y traficantes de seres humanos, que viajan sin la protección y los cuidados de su familia. Y no están lejos, hablamos de Europa, de nuestra región mediterránea, el informe nos advierte de que el  92 por ciento de los menores que llegaron a Italia por mar el pasado año estaban solos.

Son más que un número, hemos visto tantas veces sus imágenes, hemos leído en tantas ocasiones sus historias que es imposible  silenciar su sufrimiento y fingir nuestro desconocimiento. Aunque quisiéramos negarlo, forman parte ya de nuestra compleja realidad, tenemos en nuestras retinas su rostro, en nuestra conciencia su desamparo y en nuestras manos su destino.

Debemos actuar con apremio para poner fin a la tragedia, porque nunca podremos decir que lo que es inaceptable para nuestros hijos puede parecernos justo para los que vienen de fuera.

No nos podemos escudar en una falta de recursos, ni de capacidades, nuestra inacción solo podría explicarse con una total ausencia de voluntad política. Es indispensable un inmediato cambio de actitud por parte de todos.

La Convención de los Derechos del Niño nos obliga a la protección de cada niña y de cada niño en cualquier rincón del mundo, con independencia del lugar en el que haya nacido pues como bien reconoce en su preámbulo, es imposible que exista justicia si no hay un reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales de todos los miembros de la familia humana y especifica.

Necesitamos propuestas de largo alcance para afrontar este desafío que está aquí para quedarse.Puede ser cierto que  la crisis humanitaria de Siria, seis años de guerra, con 11 millones de desplazados, más de la mitad de su población, con necesidad esencial de protección y de asistencia inmediata, es la que ha puesto sobre el tapete internacional la obligación de situar el problema migratorio entre las prioridades más urgentes no solo de los organismos multilaterales sino de todos los gobiernos.Pero este no es un asunto coyuntural, cuando se cierre el capítulo de La guerra de Siria se acabará todo.No, esto es un desafío estructural, que reclama un cambio en nuestras políticas,en nuestras sociedades, en nuestras mentes y en nuestros corazones. Podemos asumirlo, redefinir nuestras prioridades y resolverlo de una manera ordenada y desde el enfoque de los derechos y la igualdad, o podemos mirar hacia otro lado y esperar a que la situación nos desborde y nos veamos incapaces de gestionarlo derivando en un caos que afectará a las regiones más vulnerables, pero también impactará de modo negativo en nuestras sociedades.

Más allá de la gestión de la crisis humanitaria del presente, que con más o menos voluntad política deberíamos poder solucionar, son las obscenas desigualdades de la miseria extrema frente a nuestra opulencia creciente que de no transformarlas en autonomía y dignidad a medio y largo plazo extenderán un panorama dramático de desequilibrios y pobreza sin solución.

Unicef denuncia que la mitad de los refugiados del mundo son niños. Las barreras físicas o legales que les pongamos para llegar a nuestros países incrementarán los riesgos de su penoso viaje pero nunca les podrán disuadir de su desesperación.Los muros y los impedimentos serán tan crueles como inefectivos. Porque su angustia y su justa convicción de que merecen un futuro mejor les empujara a continuar atravesando desiertos, cruzando mares y desafiando montañas para alcanzar esa tierra en la que confían encontrar una vida de dignidad y oportunidades.

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